Vivo en una capital de provincia pequeña, en una capital que los romanos llamaron Auringis y que ahora se conoce como Jaén. Jaén es un sitio donde sus habitantes tienen una costumbre centenaria: todas las mañanas, recién levantados, cierran la boca e hinchan primero el carrillo derecho y después, el izquierdo. Hinchados los dos hasta el máximo de su elasticidad, el jiennense los aprieta hasta que se escucha una pedorreta. Es en ese momento cuando el aceite de oliva les sale por los oídos y por el ombligo. Aquí vivo yo. Y ciento cuarenta mil más.
Otros sudan aceite. Yo no. Yo estoy aquí mirándome las manos porque he recogido del suelo un trozo de ¡bloomsday! que ha explotado sin avisar a las seis y veintinueve (6:29 a.m.) debajo del colchón. A esa hora sólo puede sucederte eso; que te explote el ¡bloomsday! de Joyce. Y gritas muy fuerte porque es así como liberas al gaznate de nicotinas y toxinas. Pero no fumas. También te lamentas como lo hacía Portnoy en algún lugar de la literatura. Justo un minuto más tarde, el día te ofrece doscientas opciones más. Doscientas posibilidades de comenzar la jornada de otra manera. El día a las seis y treinta (6:30 a.m.) es más generoso en oportunidades y más magnánimo, como el abuelo materno de mis cuatro chiquillos, o zagales, da igual. El abuelo paterno tiene una mala follá extraña y particular. Mi padre.
Los días que comienzan así tienen un problema: suelen joderte el final de los sueños de esa noche. Esta noche tenía dos sueños. Esta noche me habían encargado que maquetase dos sueños donde daba vida a dos mujeres cojitrancas y a un hombre tartamudo. Los tres muy listos. Los sueños son muy raros y más en la fase REM. En la fase REM todo se disloca. Lo que habías ideado de una manera, acaba de otra. Te acuestas con un sabor como de té rojo y apareces -cómo no- en el sueño librando una batalla de piedras en un barrio de una ciudad que no conoces porque nunca has estado allí, porque nunca la has visitado. Eso sí, las fachadas de todos los edificios que puedes divisar son rojas de república. El sueño en la fase REM se disloca. Mucho. Ya lo he dicho antes. El sueño en esta fase es un grito tuneado, un grito transformado, claro.
En los sueños nunca apareces besando a tus hijos. Nunca apareces diciendo: "Vamos, Claudia, que son las ocho y hay que ir al colegio". Nunca. Haced la prueba. En los sueños siempre besas a las mujeres que andan con paso corto y sonrisa efervescente. Te guiñan un ojo y te comen el cuello como te descuides en REM. Lo hacen sin que tú les digas nada. Pero te callas, cabrón, tú te callas. Son las ocho de la mañana. En los sueños sucede esto. ¿No te ocurre a ti esto en los sueños? Si no te pasa es que deberías beber más té rojo antes de acostarte. El té favorece la creación de sucesos que ahora, en este preciso momento, no se pueden contar en este blog porque en ninguna de sus esquinas se advierte que sea un blog destinado a menores de... ¡18 años!
El día dieciséis, como estoy contando, amanecí con una explosión bajo el colchón. Lo que ocurre es que me he extendido más de la cuenta en contar las dos primeras horas del día.
Pero el día dieciséis, como el día quince o trece de cada mes -siempre y cuando no caigan en sábado o en domingo- tengo que llevar a mis cuatro hijos al colegio, he de incorporarme al trabajo y he de escribir en el cuaderno de notas lo siguiente:
8. 30: nada que contar.
9. 41: Una hora y pico después, nada que contar. Sigo trabajando pero sólo pienso en lo que me va a costar cambiar de colchón. ¿300 euros? Mi mujer no duerme ya muchas noches conmigo, ¿lo compro de 90?
La explosión de un ¡bloomsday!
Bien, prosigo.
El trabajo, aburrido. Mi jornada laboral es un manual de estilo perfeccionado con los años. Un manual de estilo de burro de carga. Yo no describo como Proust pero no pretendía ahora describir mi trabajo como sí pudo hacerlo Proust. Proust, además, agonizaba. Como Faulkner. Cosas mías. Detalles de mi subconsciente.
Insulto a dos clientes que se creen dioses -con minúscula-. Son las doce de la mañana. No soporto a ningún cliente pero me abstengo con mucha frecuencia, segundo a segundo. Me abstengo de proferir pétalos de sinceridad. Ja, qué poético. Soy como el jefe pero no soy el jefe. Como el jefe no es ser jefe. Vale. No digo siempre lo que pienso porque mantengo con mi trabajo a un gato siamés y a cuatro hijos de su madre, como yo de la mía. Mi mujer podría vivir sin mí sin ningún problema. Por este motivo no la incluyo hoy aquí. Además, es muy guapa. (Y... bien, iba a escribir).
Vuelvo a casa a comer. Son las dos y media de la tarde. En casa estoy solo. Miento. Mi gato siamés está entretenido con un moscardón en el patio. Recojo la ropa que hay tendida en las cuerdas, parece que está seca pero no la plancho porque soy un ecologista de genuflexión. Sé qué voy a comer hoy: cazón y ensalada con tiras de apio y zanahoria. No es viernes pero en casa comemos mucho pescado. También miento ahora. Es por épocas esto de comer pescado. Como, bebo cerveza, no me echo el cigarro porque llevo casi cinco meses sin fumar pero me acuerdo de él como me acuerdo de mi primer morreo. Qué cosas, amigo. Estoy solo en casa con mi gato Ficho y simulo el proceso de intoxicación nicotínica-alquitranada. Me llevo los dedos a la boca, hago como que inspiro aire y por ende, humo y lo expiro haciendo anillos como donuts -es lo bueno que tiene imaginar-. Me digo que soy un gilipollas haciendo el gilipollas. En menos de media hora tengo que seguir currando, esta vez desde casa, a dos metros de donde estoy ahora mismo fumando imaginariamente. Por las tardes trabajo desde casa. Es un sobresueldo que me saco como lector editorial y editor junior freelance. Soy editor, tengo un máster en edición pero me dan el mismo por culo que el que no ha hecho un máster en edición. Pero el almendro dará almendras, ya lo veréis. Con cuatro hijos la flor no puede quedarse en alloza.
Estoy como dos horas trabajando. Son las cinco. Recojo a mis hijos del colegio. Tienen clase por la tarde porque están en un colegio privado. Sí, creo en la enseñanza privada como creo en el uso individual de los calzoncillos. No sé si de las bragas. Soy muy escrupuloso. Los niños vienen contentos. Se suben al Scénic; gritan, cuentan peripecias, sonrío, sonrío y sonrío. Y miro por el retrovisor derecho e izquierdo y central. Freno y acelero. Y sonrío. Merienda en casa, café para papá, tareas, lecturas, paseo con el más pequeño -de año y medio-, dos recados, al super a por dos simplezas: una lata de alcachofas blancas y tres pastas de chocolate -para mi mujer-. Tres hijos que hacen de guardaespaldas. Mi vida es esta, sin tilde. Pero mi vida lleva tilde. Yo lo sé. Sólo yo.
Me acuerdo del colchón de la habitación que explotó esta mañana por causas bloomsdayescas. Encargo, antes de volver a casa, uno en la tienda que han abierto donde hace años hubo una tienda de electrodomésticos. Ahora venden colchones. Con dos cojones. A falta de televisiones, colchones sedosos, espumosos, mullidos, blandos y de sueño, con mujeres que anden bien.
Sobre las siete de la tarde llamo a Araceli, mi mujer. Hoy llega antes. Bien, así podré terminar este texto que subo sin apenas revisión. No me da tiempo. Ustedes me disculpan. Bueno, quien haya llegado a este punto que me disculpe de verdad. Es el momento de refugiarme en los libros. Ahora leo más que antes. También escribo más. Pero no soy ni lector ni escritor. Me llamo Blumm que no Bloom y aquél es el acrónimo de Bernardo Luis Munuera Montero que es el nombre del amigo que no aparece en esta historia aunque se haya reído mucho cuando se la he leído antes de acostarse, como cuando le cuento cuentos a mis hijos.
Sobre la mesa de trabajo a de Nerval, Proust, Henry James y a Faulkner. Y a un autor inédito que quiere que le mueva las dos novelas que tiene escritas y que me parecen muy buenas. Su nombre, Antonio José Alcalá. Programa de junio. ¡A rajatabla!
Portnoy, muchas gracias por la ocasión brindada. Felicita a tu hemisferio creativo, que no sé ahora si es el izquierdo o el derecho. Mañana más.
Son las 23:59 del diecisiete de junio. Ya pasaron dos días.
Buenas noches, amigos.
(Señoras y señores, este texto tuvo su origen en esta iniciativa: Bloomsday)

5 comentarios:
Pues cuando termine de releerlo yo, te pasas por la biblioteca y lo sacas. El caso es que necesitaba leer un par de relatos. Uno de ellos es uno fascinante, o al menos para mí lo es. Se llama vida de Anne Moore.
Un abrazo
Juan -NG-
Capaz te veo de haberte leído el Ulisses. "Con dos cojones", como dirías tú.
Por cierto, en el Scénic, sonriente papá que retroojea a sus preciosos retoños, te he visto de anuncio, de esos anuncios con filosofada definitiva, que nunca sabes que son de coche hasta que no aparece el cuadrúpedo mecánico con el papá guiando todos los destinos.
Buena lectura y saludos, Blumm
Buena iniciativa.
Lástima que me entero tarde. Igual mi 16 fue un día bastante movido. Difícil olvidarlo.
Abrazo
Gracias a ti, faltaría más.
Buen texto.
:-)
Un saludo
Christian, me da a mi que el año que viene se repite. Ha sido una experiencia distinta y divertida.
El culpable eres tú, Portnoy. Merci.
Jaume, soy un hombre anuncio, ¿no lo sabías? jajajaja. No tengo cuatro hijos, mi mujero no se llama Araceli, no trabajo cara al público y ¡pardiez!, odio los gatos. Son cosas de la ficción.
Juan, ¡suelta ya ese libro! (broma). Acabo de renovar vía internet el que tengo de Proust. Esto de renovar el libro desde tu casa es extraño. Y ver todo el catálogo que tienen las bibliotecas de la ciudad, interesante.
Saludos.
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