martes 1 de diciembre de 2009

Mozart siempre llevaba razón

domingo 29 de noviembre de 2009

yo sostengo el chiringuito


(Alguien), tú que me lees, escucha:

La moda hoy, me comenta un escritor de cierto éxito entre las morenas, es crear editoriales pequeñas y de colores fuertes, independientes, que sean capaces de editar calidad -¿qué sino, bobos?- y más, hay más, que rebusquen entre los agujeros donde están los nichos para detectar si alguien se ha olvidado explotar alguno, como el de las mujeres morenas que enseñaron el abecedeario vueltas del revés en la II República, y de comer lentejas al menos una vez en semana. Hay gente que olvida que ha de comer lentejas todas las semanas. Eso es dejadez de espíritu.

El editor persigue un fin, como el cazador y el de Playboy conejos. El editor que sabe explota la veta amarilla-oro y diga lo que diga, lo que él quiere es dejar de ser independiente, por lo menos, materialmente hablando, para así, con barba de semana y pico, convertirse en un ser grande, un ser bueno y un ser de calidad, como son sus libros; o estar tan bueno -editorialmente hablando- como el chocolate Lindt, que es el que le chifla a mi mujer, y a mi hija, y a mí en estas noches extrañas donde sólo escucho tictacs.

El editor sabio lo que pretende es abandonar la mediocridad que se supone que es leer 1217 #mil doscientas diecisiete# palabras por minuto; el editor sabio lo que persigue es besar a la edición en la misma boca como sucede en las buenas y costumbristas historias de amor pero ¿qué ocurre al final? Que en el final, en los finales y en el sur del final se besa cualquier papel que caiga en las manos, ya venga en pdf o en word. Que sí, que tienes que comer lentejas. Por cierto, ¿no hay quien ha editado el papel del váter que un preso noruego (Petter Moen) iba enrollando cada vez que estaba aburrido -qué malo soy-? ¿Dónde lo he leído? Ah, sí, lo escuché en un podscats de esos raros que me descargo. El libro lo edita, con ayuda de su amiga, la editora más guapa de España, que la he visto hoy en una foto y está para..., eso, para editar libros: María Moreno, fundadora de 27 letras. Les enviaré el curriculo, que tengo un máster de esos caros en edición por el iupé -tenía que decirlo, lo siento-. Mira que si me cogen como lector... Ah, voy a comprar ese libro, que lo sepáis.

Tú edita, que yo sostengo el chiringuito es el título de un buen post: este. Un amigo me decía recientemente que él también se dedicaría a editar si la labor de editor no fuese la de aventar la avena de la paja. Editar, me decía, consiste simplemente en hacer navegar al libro, con o sin Superman. No, no desvariaba.

El libro por el que estoy escribiendo este post lleva encima de mi mesa dos semanas y no podía dilatar más estos comentarios que hago sobre él. Le dedico dos o tres párrafos, como todos, sean negros o blancos. Se trata de Editor, de Tom Maschler. Trama editorial se ha animado a editarlo y lo incluye en la colección Tipos Móviles, colección sugerente donde las haya; de los cuatro títulos que contiene ya me he leído los cuatro. Animo pues a...

Sostengo el chiringuito
, decía. Yo lo sostengo si como Tom Maschler doy con escritores de la talla de Amis -padre e hijo-, Ian McEwan, Julian Barnes, Chatwin, Rushdie, Desmond Morris, Ginsberg y Doris Lessing, la escritora que arremetió contra los que escribíamos blogs, como también hacía Javier Marías, el traductor. El libro es ameno porque es un Diez Minutos del mundo editorial que vivió Tom Maschler. Habla, como si de sal se tratara, del oficio de editor. El editor condimenta siempre a un escritor. Lo sé. Tom se edita a sí mismo para convertirse en Tom+ o, Tomo. Tom es la encarnación del verbo editar, del oficio de juntar páginas y numerarlas, de beber y emborracharse con sus clientes-autores y de hacernos llegar obras como París era una fiesta, de Hemingway.

Esperaba más miel del libro, más leche condensada para el café. De los cuatro títulos de la colección Tipos Móviles, es el más débil, es al que primero atacaria el virus de la gripe L. Yo quiero que Herralde haga como él, como Tom, ahora que ya tiene la editorial como un Meccano, montada y funcionando, ahora que seguro tiene más tiempo para leer y escribir, como lo ha hecho Tom, Tom Maschler.

¿Verdad, Jorge?

jueves 26 de noviembre de 2009

Alucinación publicitaria


Imagen de sunivroc |Flickr


Un gran número de (... ¿cipotes?...) cree realmente el Gran Engaño de la cultura de masas, eso que los franceses llaman alucinación publicitaria. Sólo saben lo que leen en los periódicos. Piensan que la vida es como en las películas. (...) El arte de ser una persona civilizada es el arte de aprender a leer entre las mentiras.


... de Kenneth Rexroth. Texto extraído de Desconexión y otros ensayos, Pepitas de Calabaza, 2009.

miércoles 25 de noviembre de 2009

Buzelli

sábado 21 de noviembre de 2009

Llegar a un lupanar y ná



Llegar a un lupanar y ná.
Encontrarte allí con la puta que más habla y más lengua tiene. Dar con la que menos folla. Y ná. Tú virgen, como el protagonista de Las tinieblas (Acantilado, agosto 2009) de Leonid Andréyev. No lo niegues protagonista de Las tinieblas de Acantilado, que no me acuerdo ahora cómo te llamas, y si te llamas, que creo que no, y ya lo siento, que no tengo el libro a mano, que estoy sentado en una plaza pública, en una plaza pública donde las ondas -o rectas- wifi sólo se insinúan, sólo penetran en mi portátil solo desamparado cuando palmeo mis manos, todas a la vez; además, ellas son de color rosa -las ondas, que te pierdes, lector- y te cuecen sin que te enteres las tripas de las palabras, que ya lo sé, que simplemente eras perseguido por tres policías y un perro y que llegaste, que tú, con todo lo protagonista que eras llegaste y arribaste a un prostíbulo encallado en el que te creías que aún dispensaban meretrices vírgenes cuando introducías monedas de dos y pico por la ranura de la máquina, que tu te creías que al menos una, sólo una, tu puta, iba a ser virgen esa noche para ti. Y ná de ná que pasó que lo leí. Eres un idealista, protagonista de Las tinieblas de Andréyev, un idealista de troncón y hojas verdes, como todos.

¿Cómo se iba a llamar un protagonista que huye de la policía y se esconde en un prostíbulo ruso? ¿Cómo? Pues Iván, cómo no; o Piotr, que es más difícil pronunciar. O los dos, página 20. Desde ahora, el protagonista de la novela de Andréyev se llamará Iván Piotr. Así lo quiso Andréyev.

Iván Piotr es un joven que no llega a los treinta años. Iván Piotr es virgen. Ah, sí, ya lo he dicho. Iván Piotr es un revolucionario con ideas revolucionarias que tan convencido está que ni se percata del olor que desprende su sobaco izquierdo, el más díscolo. Iván Piotr confunde lo que otros le clavaron, con sus propias ideas y éstas con las que la realidad le ofrecía, esa realidad que le miraba y le apuntaba, le sobreescribía y le subrayaba. Iván Piotr es como una Simone Weil bautizada, comulgada, confirmada y creyente; tan creyente es Iván Piotr que quiere a Liuba, segunda protagonista de la historia, pura pero qué puta la niña tranquila que se eligió en el lupanar, virgen que parecía. A ella, a ella entera la quiere para su causa y le instiga y le dice y le cuenta y no, no se la folla. O sí, no recuerdo. El detalle, ese morboso detalle no importa. Bueno sí, para conseguir el Premio Planeta sí.

¿Qué causa?

La novela se desarrolla en una habitación, en la habitación de la puta Liuba. Ya se imaginan la concentración de humores, el vaivén de los diálogos, la migraña de quien les escucha. "¡Ah, canalla! ¡Dios mío, qué canalla!", grita Liuba. "¡Cochina prostituta! ¡Puerca! ¡Cállate!", vocifera Iván Piotr Iván Piotr e Iván Piotr. Son los dos únicos gritos, casi los únicos andrajos que esputa la pluma de Andréyev, que esputa o que escribe. Escasos más hay. La historia que se narra en Las tinieblas derrota dos destinos desacoplados. Un destino macho, me vale la comparación, y un destino raro.

El libro es otra pepita de oro en el catálogo de Acantilado que brilla más que otras. Lo digo yo, y me vale. Acabo con unas letras de mi recién descubierto Rexroth. Desconozco si él tuvo la oportunidad de leer Las tinieblas. Aún así, me sirve ahora para concluir la historia de Liuba y Piotr:
¿Qué sentido tenía todo esto? Ninguno. (...) Estas paparruchas con las que nuestra sociedad se engaña a sí misma son mucho menos efectivas, y mucho menos científicas, que las las supercherías de otras épocas y otros pueblos. Cualquier curandero sioux, cualquier sacerdote atento y cariñoso, una abuela con experiencia o cualquier herborista chino podrían haber descubierto más en media hora que lo que estas personas hicieron en tres días. (...) Por mi parte, si me dieran a escoger, más me confiaría a los cavernícolas que pintaron las cuevas de Altamira. (Rexroth en My head gets tooken apart y rescatado en Desconexión y otros ensayos).

jueves 19 de noviembre de 2009

Defina maizal



La lírica sin inhibiciones debería diferenciarse de su opuesto, la
invención estéril y superflua de los metafísicos de los maizales,* la actual plaga de catedráticos de poesía.


*Nombre dado por la generación Beat a los poetas de los
talleres de escritura creativa de Iowa
.

Kenneth Rexroth en Desconexión y otros ensayos, Pepitas de
Calabaza, 2009.

************************************************
Pregunta: ¿Qué se hace en un taller literario?


Respuesta: Socializar al aspirante, abrirle la tapa de los sesos para introducirle sal y pimienta, dinamita o algún tipo de nitrato explosivo. Sabemos lo que ocurre cuando no existe la chispa. No se explota, la genialidad no reverbera -¿reverbera?-; te sientas cinco minutos a escribir y te dices que no vales ni como escritor ni como escribano y menos como escribiente; ocho horas, gilipollas, ocho horas diarias como sí hacen otros, como los jugadores profesionales de póker -yo quiero ser jugador profesional de algo-, ocho horas, imbécil, ocho horas trabajando como hace tu corazón, y así vives. Por tres, veinticuatro.


Rompes el folio blanco, destrozas los plumines de las tres últimas plumas que te han regalado, uno detrás de otro. Escribes tres conjunciones, dos verbos y cinco sustantivos. "Eso no sirve para nada" -te dices- y arrugas el papel, o laminas la pantalla del portátil porque te molesta su resplandor y lo piensas y casi lo sientes: el ruido del minúsculo ventilador del ordenador te arruga la oreja.


Sigues en el curso de escritura creativa porque te gusta que te llamen maizal y porque en él está matriculada la morena que escribe poesía sobre la cama; ella se llama Maribel, so listo.

martes 17 de noviembre de 2009

Joan of Arc, de Christa Palazzolo


viernes 13 de noviembre de 2009

Andersen lo sabía



La televisión está concebida para despertar los impulsos más sádicos, los más perversos y los más codiciosos. Un programa infantil nos da una visión auténtica de lo que es el infierno, pero estamos tan acostumbrados a ver cosas así que ni tan siquiera nos fijamos. Si algunas personas que han tenido verdaderas visiones del infierno, como Virgilio, Dante u Homero, pudieran ver estos programas se quedarían horrorizadas.


Extraído de Desconexión y otros ensayos de Kenneth Rexroth, Pepitas de Calabaza, 2009.

lunes 9 de noviembre de 2009

Cuento y aparte, de Juan Cruz. Premio INJUVE 2009



Alguien voló sobre el nido del cuco y alguien escribió en el Diario de Dillinger estas palabras de Perec:
"Obligarme a escribir sobre lo que no tiene interés, lo que es más evidente, lo más común, lo más apagado".

Perec después se peinó. Tengo foto del momento.
Me interesaba la cita y la he rescatado para hablar de Cuento y aparte, último Premio INJUVE. Juan Cruz López es su autor como también lo es de 50 pasos para dar el salto..., obra galardonada con el Andalucía Joven de Narrativa en 2008, creo recordar. Punto y aparte.
Enhorabuena, Juan.
En Cuento y aparte se reúnen muchas miniaturas literarias que se ponen a jugar a los dados para ganar porque tienen tanta o más fe que el perro de Chéjov (qué buen título para un blog):
"Un perro hambriento sólo tiene fe en la carne".
¿Sólo? Con esta otra cita, Juan Cruz descorre y nos presenta su obra. Hay otra de Carver pero no me gusta. Y lo digo. Dicho queda y ha quedado, sigamos.
(Pausa. Acabo de secar la pluma y necesito jeringa y tinta. Escribo desde hace tiempo a mano. No soy un romántico, simplemente me molesta muchísimo el ruido del ventilador del portátil. Suena a broma pero es verdad. Pinchen aquí: X Deben creerme. Además, ¿no leo con los ojos? ¿Por qué no escribir con la mano?Quizás sea también el tempo que necesito ahora, como decía alguien muy cercano a mí. Despausa. Prosigo.)
Cuarenta son los cuentos que sostienen el galardón del INJUVE. En Cuento y aparte se transforma lo que no tiene interés, lo que es más evidente, lo más común y lo más apagado de la cotidianeidad, que es una cosa que nos dan en caramelos para chupar un rato. En Cuento y aparte se nos enseña, aunque no haya intención docente, a creer en la miniatura literaria, que es algo que la memoria colecciona porque resiste mejor el hechizo de la volatilidad mediática a la que la someten. Cuento y aparte, si me pongo lo escribo, es la encarnación literaria de los nombres comunes.
Juan Cruz no lo sabe pero se lo cuento. Juan Cruz no sabe que el profesor de Historia Contemporánea que cita en su quinto cuento me dijo una vez: "Munuera, si decide profundizar en el socialismo utópico, además de libros de historia tendrá que leer mucha literatura". En ese momento me di cuenta de que no sólo era un simple y soso profesor de Historia. ¡Bravo!
Más anotaciones aparcadas, como la que escribí cuando finalicé el séptimo cuento: "Muy potente el 7º. Hasta el 7º, el mejor es el 7º". Juan, de los mejores. Título: Piezas. Cuando me tocan la vena metaliteraria, trino, pío, hago palmas, levito... ¿Sólo es uno de los mejores porque es el más metaliterario? No lo sé.
Pero vinieron a reunirse con el 7º otros tantos, machos y hembras: Elías, Salida, Reunión, Secta, Profesor, Caracteres y ¡H2O! -sin signos de admiración-. Qué bueno es el del agua, Juan. Dos moléculas idénticas de hidrógeno unidas para existir, para ser agua, a una molécula de oxígeno. El elemento se debe a ambos, al hidrógeno, al oxígeno, y se bebe, ¡es agua!
De cuento a cuento, de parte a parte, de alegoría de los días que recorre un autor con siete ojos más que el peatón normal, con cinco neuronas más brillantes que el profesor de mi hijo, con más trabajo y más papel que el empleado de una papelería.
Absorbe y chilla, Juan.
Otra...

Mientras lo edito y no lo edito Cuento y aparte puede descargarse desde la web del autor, que es Nueva Gomorra.

jueves 5 de noviembre de 2009

El libro de los bobos, de Jung


















Me hubiese gustado titular el post So bobo y haberlo pronunciado como debe pronunciarse, de manera proclítica: “Sobobo”. Y sobobo, ahora que lo veo escrito, quizá hubiese sido el nick con el que Franz Jung hubiera firmado las entradas de un blog, pongamos por caso, de blogger. Esto lo digo y me lo invento y lo escribo. Sobobo

también suena a nombre de editorial primeriza: Ediciones Sobobo. Por cierto, hablando de crear una editorial...

No hablo del Jung nazi. No hablo del psiquiatra nazi -otra vez- que combatía las tesis de Freud, el judío. No, no hablo de Ernst Jung sino de Franz Jung, voluntario y desertor durante la Primera Guerra Mundial, corresponsal de bolsa, agente de seguros, vendedor de periódicos, promotor inmobiliario y de espectáculos, director de una fábrica de cerillas -están de moda-, editor de periódicos económicos e indigente. Ese Jung, el Jung de la foto que aparece en el prólogo de un libro que me ha regalado un editor valiente. Hablo del Jung que se parece el jardinero de la urbanización que tengo frente a mi casa. Ese. Sonríe Franz, vamos a hablar de una de tus obras.

Dadaísta. El libro de los bobos (Pepitas de Calabaza, 2009) es una obra primeriza en la que Jung protesta por la estrechez de la que alardea La mujer del camisón que pintó Derain en 1906, mi expresionista favorito. Jung se queja del amor y de las caderas estrechas porque es dadaísta y porque enamorado, parece un bobo que escribe y escribe hasta hacerse sangre, hasta inventarse personajes como Nikolaus El Loco y Emma Schnalke que a los catorce años -cuenta- la echaron a la calle y en rápida sucesión pasó por el consultorio de un dentista, una tienda de ropa de confección, una empresa de pompas fúnebres, una peluquería, una tienda de paraguas y el coro de un teatro de operetas. Nada le gustó.

Viva el amor y viva la tormenta. Y vivan los bobos sin los cuales nunca podríamos gritar: “So bobo”.

Los que entienden de literatura dicen que El libro de los bobos es una novela escrita por Jung para contrarrestar al naturalismo de la época, la estrechez de esas caderas... Jung escribe ficción sobre su experiencia, sobre las tortuosas relaciones de pareja que sufrió. Esquiva el qué dirán y raja al neorromanticismos hasta que se desangra, hasta que queda como un odre viejo. Es en ese momento cuando se acerca y te dice: “Eh, tú, mira; he aquí los anhelos con los que querías cautivar a tu corcilla -hembra, mujer, guaricha- míralos ahora, mira, mira, se han convertido en ciruelas pasas. Ahora sólo puedes chupar. Y chupas".

Lo primero que escribí en el cuaderno de notas cuando comencé a leer El libro de los bobos fue: "Narrar y que te no te falte nada, ni un verbo, ni otro, ni nada. ¿Quién es Franz Jung?"

Gracias, Julián.





martes 3 de noviembre de 2009

32 de noviembre. Del ataúd a la cometa, de Andreu


A veces me pregunto si existe vida inteligente en el departamento donde se titulan los libros de la editorial Viceversa, eso sí, con el visto bueno del autor. Me ofrezco desde aquí a titularles libros. No soy caro. El primero gratis, el segundo...


Me lo pregunto porque desde aquí animaría a los lectores exigentes a que estableciesen un día al año para elegir qué editorial titula mejor los libros que edita en un año. Por ejemplo, establecer el 32 de noviembre como la fecha donde miles de lectores eligirían el libro mejor titulado. La votación se haría por correo postal, claro, para darle seriedad al asunto.


Acertar titulando un libro es un juego de azar. Si no, que se lo digan a Rodrigo Dellimpré, poeta andaluz de origen francés, al que sus editores -Úrsula Castilla y Bernabé Damas- le temían por las tanganas que organizaba cada vez que titulaban mal una obra suya. Siempre había que retitular. Como si esto fuese fácil. Murió joven.


Llegó hace unos días a mi mesa Del ataúd a la cometa (Viceversa, 2009) -qué título, ¿eh?-. Fue mi hermano José Luis quien me lo prestó. Él que es filólogo, que es árbitro, que es consultor y que edita un blog titulado Referee, me animó a leerlo porque conoce al autor, Carlos Andreu y porque, desde mi punto de vista, después de su lectura, el libro es un incentivo para descarrilar a la vida de la rutina sumisa en la que alguien-nunca se sabe quién- nos ha inmiscuido.


Del ataúd a la cometa quiere describir la transformación que se espera que surja cuando en un eje de ordenadas, coronadas en sus cuatro puntas por los amigos, la familia, el trabajo y la salud se dibuja la silueta de un ataúd por descompensación de uno de sus ejes. Desde esta figura el autor tiene como finalidad hacernos ver otra silueta, la de la cometa en la que la armonía entre esos polos es el objetivo final.


La lectura de este libro ya la había hecho a más profundidad cuando no hace mucho tiempo leí y releí el libro de Stephen R. Covey. En Del ataúd a la cometa se plantean algunos, sólo algunos de los asuntos que planteaba ya Covey en su obra pero a un nivel mucho más superficial y redactado de una manera más digestiva y mass media.


Plagado de máximas para reactivar la parte proactiva de nuestra personalidad, Del ataúd a la cometa quiere mentalizarnos de que las personas felices no nacemos, nos hacemos.


Yo ya lo sabía.

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