domingo 12 de julio de 2009

Nuevo aspecto



He cambiado el diseño del blog. Algo evidente. Me han convencido mis míos ojos.

Cambiar tiene consecuencias.

He perdido todos los enlaces. Olvidé anotarlos. Nací torpe para algunos asuntos. De verdad. Tenéis que creerlo. Iré recuperándolos poco a poco.

Este diseño es menos ecológico porque según dicen -yo no he comprobado nada-, al mantener la pantalla en blanco el ordenador necesita más energía y se talan más árboles y se pudren más pulmones. Pero no se preocupen por las consecuencias que el diseño de Desóxido pudiera tener para el Medio Ambiente; si les parece, apagaré el flexo de la mesa donde escribo mientras esté escribiendo un post para este blog y el de mi amigo Drostán. Tan contentos todos.

Me bulle la prisa. Empiezo la construcción del nuevo aspecto, ahora que tengo más tiempo para... (qué soez -¿y qué?-).

Ah, también se ha habilitado la moderación de comentarios.

Buenas noches.

Imagen: Pinup on Snakeskin de Steve Kaufman.

jueves 9 de julio de 2009

La máquina blanda, dos.



He desechado cinco de los seis comienzos que tenía escritos para hablar de La máquina blanda de William Burroughs. Los había desechado por indecorosos. Por indecorosos y porque llevo tres días que tiro kilos de escritos, kilos de papel a la basura que después NO bajo todas las noches al contenedor azul. Kilos, sin hipérbole contratada. A pesar de constituirme en un ente reciclador, sé que si algún ecologista visitase el sitio donde escribo diría: "Oiga usted, es un escribiente despilfarrador, y un gilipollas". Hoy despilfarras papel y lo primero que te dicen en la cara es eso: "Gilipollas".

Asustado por el integrista, no me ha quedado más remedio que disimular. Lo primero que he hecho ha sido comprarme una destructora de documentos fabricada en China por 15 euros para así ahorrar tiempo y evitar la manía de rasgar cincuenta veces el folio que no ha servido para nada.

Despilfarrar es un comportamiento muy canino, muy de simio, muy de prehomínido. Burroughs también despilfarró con su novela titulada La máquina blanda pero como él era el rey de la selva, como él tenía derecho a todo, como él contemplaba a las leonas del mismo sexo acariciarse las orejas, Burroughs rugía como le daba la gana. Con más fuerza si cabe que el león de la Warner. (Qué expresión más..., joder, lo siento).

Burroughs despilfarra. De acuerdo. Ya lo he escrito. William Burroughs despilfarra sintaxis como yo papel. Y tanta sintaxis despilfarra que no le quedó más opción que escribir la novela sin sintaxis. Se muestra la paradoja: el que más gasta sintaxis es el que menos la usa. Así es Burroughs. Cose puntos y comas sin anestesia, sesga oraciones mientras se hace el nudo de la corbata (malva) y mientras se lo hace, fuma sin parar. Rubio y sin filtro. Así es Burroughs. El guapo no era él. El guapo era Kerouac.

La única manera que tuvo Burroughs de escribir esta novela fue esa. La única manera que tuvo Burroughs para decorar nuestra imaginación fue con una estampida nominal, y verbal y lo que tú quieras. Físicamente hablando, químicamente hablando la escritura de esa novela es una puta locura, es un juego de magia en el que sin sintaxis, nos hace imaginar. Imaginar imaginas hasta la vena que recorre longitudinalmente tu pene. Burroughs habla así. Peor. Su novela perteneció al Beat Club. Burroughs no es procaz, es literatura.

Doscientos cincuenta y siete escritores de hoy -yo soy escribiente- no sabrían cómo hacer rodar la O con un canuto. Burroughs no sólo la rueda sino que se folla la O con el canuto. Lo hace quinientas veces en la novela. Burroughs se folla nuestra imaginación sin pedir permiso. Nuestra imaginación es violada y hay momentos, salvando el fondo en los que no sabes si es Burroughs o Lowry al que estás leyendo.

El volcán estalla muchas veces en la novela. Así:

¿Quién se cree míster? Voy-vengo me apodero de Johnny. ¿Le doy por el mismo culo? ¿Me hace un poquito de voy-vengo?

Cuando has leído a Burroughs no te queda más remedio que escupirle al escritor común, al escritor pulcro, perfecto, níveo, sedoso, que se ducha todas las mañanas con gel de almendras.

Si Burroughs es la efervescencia, todos... bah, no quería escribirlo.

Dato que arroja internet sobre Burroughs: mató a su mujer jugando a Guillermo Tell.

El vicioso de Burroughs. Vale apodarlo así.

Sin folios. Otro.

(Imagen de Roberto Delgado. Desnudo masculino)

miércoles 8 de julio de 2009

La máquina blanda

Encantado de tenerlo a bordo lector, pero recuerde que en este metro hay un solo capitán-No saque la verga por la ventanilla ni haga señas obscenas con las hemorroides ni tire su gastado benny por el inodoro- (En argot anticuado de Times Square benny quiere decir abrigo)- Está prohibido usar la soga de señales para ahorcamientos frívolos y quemar negras en el lavabo antes de que se hayan aseado los demás pasajeros-

(La máquina blanda, de William Burroughs)


domingo 5 de julio de 2009

El mundo debería explotar ya



El mundo debería explotar ya. Después de leer El secreto del Bosque Viejo de Dino Buzzati (Gadir, 2004) el mundo debería sonar así: ¡Boomm! (Las onomatopeyas son palabras, no sonidos -ojo-). El mundo nunca sonará como en los cómics, qué sandez. No digas ¡boomm! que haces el ridículo.

La portada del libro es insulsa. Vamos a empezar por aquí. Gadir hace unas portadas para lectores sesentones. Blancas, ilustración en cuerpo superior o inferior, ceñida a los márgenes, respetuosa con ellos, raras, y abajo -o arriba- ese logo que parece y es una una moneda romana o fenicia o griega mal plantada, con sombras gruesas y feo matiz. Sí, identificamos a Gadir como editorial, sí, cómo no. Si voy siempre vestido de negro enseguida me identifican como el hombre que siempre iba vestido de negro. No termino de creerme aquello que me enseñaron en un máster caro y casi útil de edición: "búsqueda de la identidad editorial mediante una tónica similar en las portadas". Es una moda, eso, ¡una moda! que pasará. Estén antentos. Soy un gurú, os lo creáis o no.

Yo me alimento de lo que trae el plato porque éste después, siempre se tiene que lavar.

Prosigo. Eso sí, lo que exuda un libro de Gadir nada más cogerlo es exquisitez como otras cien. Gadir exuda exquisitez a pesar de esa mierda de portadas que diseña, que fabrica, que nos obliga a ver.

No es novedoso, la verdad. El noventa y nueve por ciento de las portadas de los libros que se editan hoy en España son una mierda. Nadie puede discutirme esto. Si lo hace es porque no valora a qué ha de llegar una portada de un libro de literatura. Vamos a repetirlo: de un libro de literatura.

Buzzati. Esta entrada iba de Buzzati. De Buzzati sólo he leído El Colombre -de obligada relectura, de más lecturas que días tiene el año, el libro que marcó y señaló un antes y un después en esa rara concepción que hasta entonces tenía de la literatura- editado en Acantilado y El secreto del Bosque Viejo, en Gadir. Resta leerme la otra obra maestra del italiano, El desierto de los tártaros. Si está tan bien escrita como El colombre y tan bien traducida como El secreto del Bosque Viejo, la leeré antes de que acabe el año.

Buzzati debería ser leído por los niños y las niñas pobres de este país. No sé por qué escribo esto. Sí sé, y tengo casi memorizado un cuento que leeré a todos los niños y niñas pobres de mi barrio. El cuento de la niña pobre que no tenía huevos, huevos de pascua. Lo reconozco. Ese cuento ha marcado mi vida. Sin exageración, sin hipérbole.

Hasta entonces, hasta que lea El desierto de los tártaros, para qué seguir hablando de Buzzati. Me leo la tercera obra y pío. Piar es un verbo y pío, pío, pío una onomatopeya.

PD: ¿Alguien se ha leído La máquina blanda de Burroughs?

(Imagen de Harry Allen. Blanco)

lunes 29 de junio de 2009

El estatus, de Alberto Olmos.


Ignoraba hasta hace un rato por dónde debía comenzar esta reseña; no sabía si era una reseña o qué coño era. Ahora que lo sé, humedezco con cierta desvergüenza la punta del plumín de la pluma estilográfica número 34 y comienzo a escribir. Me gustan las plumas y me gusta chuparles el plumín -escribir me está envenenando-. Plumas y guiños como obsequios. Sí. Esto ya ha dejado de ser una reseña. Qué más me da.

El estatus, de Alberto Olmos, editada por Lengua de Trapo en mayo de este año, es una novela corta de sólo 163 páginas que se lee en menos de una tarde y que cuando la terminas exclamas: "Alberto, lo que buscabas era la belleza". Alberto dice que sí o dice que no, no lo sé, no le he "exclamado" nada.

Ceñirse al espacio que blogger te ofrece para escribir una entrada y hablar sobre El estatus, me provoca claustrofobia. Por esta razón no descarto que ésta no sea ni la única ni la última entrada que escriba sobre la última novela de Alberto Olmos.

Cinco o seis personajes sin tiempo y preñados de estatus, persuadidos por ese qué deben hacer y ser en la vida, porque la vida los ha puesto ahí, en esa cuadrícula del tablero. Al igual que Tatami, El estatus es serio candidato a la representación dramática por su compleja situación de comunicación, porque ignoro dónde se esconde el narrador, si es que por estar tan catártico, se ha entregado a lo risible de las escenas donde la madre, hija, rumano, asistenta, bedel y padre cabrón viven. La novela es un drama en potencia y éste es uno de sus rasgos más sobresalientes. Pero es mi opinión y sólo mi opinión es opinión verdadera para mí.

El estatus. Ese es el título. Existe un momento en que su lectura te deja sin venas. Abandonas por un momento el libro y te palpas el envés del brazo. Piensas: "Existo, pero en letra cursiva". Te asustas. No, te acojonas. Vuelves a palparte los brazos y flemático, vuelves a notar el fluir de la sangre por las venas. Es justo el momento que la novela te ofrece, y que la tarde te presenta, para que te tomes un descanso y disfrutes de un café cortado. El ruido del microondas calentando la leche termina reenviándote a la realidad de una tarde de junio, laboral y asquerosa. Hacer como Bastian en La historia interminable es el anhelo, el deseo: abstraerte mientras terminas de leer El estatus. Buscas una buhardilla.

El libro no tiene cicatrices. El libro ha sido escrito con fluidez. No obstante, existe una ruptura interesante y más que notable en el momento en que la madre, Clara, decide dormir en la misma habitación que los demás protagonistas. Es una situación de miedo, similar a la que describe Isaac Rosa en El país del miedo; qué gran novela. En ese justo momento, la novela inflexiona y el autor imprime un nuevo ritmo a la trama. Ahora El estatus cabalga muy deprisa y nos obliga a leer ya sin descanso hasta el final.

¿Qué hace Alberto en el libro? Cosas deshonestas. Tratar a la literatura como lo que es, como el arte de lo posible y no el arte de lo real, jugar con la literariedad hasta extremos no definidos ni por Todorov. Hala...

Olmos convence porque es escritor. "Vale, resulta indudable lo que acabas de escribir, Blumm". Como es indudable voy más allá y en este momento no me da miedo afirmar que si A bordo del naufragio hubiese sido escrita con la misma habilidad con la que ha sido escrita El estatus, Bolaño hubiese sido el finalista de aquel Herralde.

-No le entiendo, Blumm. Es más, se ha pasado.
-Ya, ya lo sé. Pero no me he pasado. Yo sé lo que digo.

Ahora, una afirmación sin demasiada reflexión: el título de la novela no es el adecuado. Si bien parte de la trama se organiza en torno al concepto del estatus, que sólo Clara tiene claro qué es, yo, editor en sueños la hubiese titulado Schmelgelme 34 a pesar de que a ti no te diga nada. La construcción Schmelgelme 34 es una chispa de genialidad porque esa palabra -que desconozco qué significa, si edificio en japonés o bungaló en francés- y ese número, constituyen un organismo vivo como en otros tiempos lo fue La colmena. La colmena nunca se hubiese titulado La miseria. Schmelgelme 34 es una construcción mágica pero tampoco es un palíndromo.

En fin, estas entradas tan largas sé que no las lee ni Dios. Lo sé y lo escribo. Voy acabando. Antes de hacerlo quiero revelar que los narradores de la novela conducen a velocidad de crucero, se les ve tranquilos porque conducen un DeLorean.

Hay que seguir hablando de esta novela, hay que seguir descubriendo los recovecos de su estructura, grabar sus psicofonías y servir el miedo en rodajas finas porque como dijo Nietzsche, hoy, según Vila-Matas:

el miedo ha favorecido más el conocimiento general del ser humano que el amor, porque el miedo quiere adivinar quién es el otro, qué es lo que puede, qué es lo que quiere.

Alberto, ¿para cuándo la próxima?

Imagen de Francesc Catalá. Pena Penita.


viernes 26 de junio de 2009

Schmelgelme 34




TeP (trabajo en progreso)


Clara madre leía, degustaba historias salaces, tétricas, decadentes, todas mezcladas en aquel libro grueso, de tapas negras y tacto mineral. Acababa de dar comienzo a un relato muy fantasioso. Un hombre, una casa con criados; un barco brasileño remontando el río.


Anónima, va por ti...



miércoles 24 de junio de 2009

Si odias a Borges, lee a Huxley.




-¿Qué tiene Huxley que no tengas tú?
(Piensa)
-¡Prosa!
(Se escucha a un gilipollas en la calle. Es verano y tengo las ventanas abiertas, muy abiertas.)

No suelo comenzar así los textos para este blog. No, no es mi estilo; por lo menos en este blog no es mi estilo.

-¿Qué tiene Huxley que no tengas tú?
-¿Dónde?
-Quítate las legañas del día.
-Pero, ¿dónde?
-¿Dónde va a ser? En Si mi biblioteca ardiera esta noche.
-Ah, vale.

(Bis) No es mi estilo comenzar así un escrito destinado a ser publicado en este blog seriote con cara de cipote.

-¿Cipote Huxley?
-Ya empiezas a desbarrar. Malinterpretas, ¡ganso!
-Tu madre necesita unas vacaciones.
-La tuya también.

Te soy sincero. Vamos al meollo. Yo, cuando escuchaba a los pedantes y sabihondos hablar de Huxley en la cafetería de la facultad pensaba en un Huxley sinónimo a: Lem, Asimov, Bradbury, Wells, la prima Rosa Mari, Josefa la del quinto, Blas, Edgardo...

-No mezcles churras con merinas.
-¡Vaya! Qué poco original eres.
-Ya lo sé.

Huxley. Este Huxley, el que he encontrado en Si mi biblioteca ardiera esta noche (Edhasa, 2009) es un Huxley que no es Huxley, un Huxley radicalmente diferente al Huxley que conocí imberbe en Un mundo feliz.

-No la he leído.
-¿No la has leído? Claro, con tantas chuminás como manejas al cabo del día, se te olvida que tienes que leer a Huxley.
-Puffff (en onomatopeya sonora; haced "puffff" con cuatro efes. Así, perfecto. Así suena). Ya empiezas otra vez...
-Huxley, Huxley, hip, hip, ¡Huxley!

Ahora, en esta parte de la entrada, debería haber escrito una cosa que sí quedo reflejada en el guarro borrador -todos los borradores son guarros-. Sí. Mirad la foto que encabeza el post. Ahí, ¿lo véis? ¡Qué guarros quedan los borradores! ¿verdad?

-Eh, deténte.
-Me detengo pues.
-Sólo has mencionado Un mundo feliz.
-Sí.
-No lo hice.
-Ya, sigues adolescente aún. ¿No te ves?
-Y tú, cabrón todavía.
-Muy parido. Y bien.

PD: Este post se escribió con la intención de sugerir y sugerir la lectura de Si mi biblioteca ardiera esta noche de Aldous Huxley. Editado en Edhasa en este año, 2009. Huxley aquí es el gran Huxley. Si no te gusta Borges, lee a Huxley que es más humilde.
Signatura según CDU: N HUX sim


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